domingo, 29 de mayo de 2011

Evolución

Hay días en los que la impotencia te puede, sientes flaquear tus fuerzas, las esperanzas pierden significado, y sólo deseas dejarte llevar por la marea. Te resignas, bajas la mirada y te hundes. Tu cabeza se ve invadida por una música de extraña procedencia cuya melodía decadente se repite una vez, y otra, y otra más, hasta que llega a ser tan cargante como tu propia existencia. Recuerdas con añoro aquellos tiempos en los que levantarse por las mañanas era un placer, porque sabías que todo iría bien, te creías invencible y decidida, y tenías el firme convencimiento de que, al acostarte, te invadiría el orgullo del trabajo bien hecho. Aquello quedó tan lejano que ahora parece una broma, una realidad alternativa o algo parecido. Al levantarte por las mañanas sólo piensas que habría sido mejor no despertar, y esperas pacientemente a que otro día llegue a su fin, con la certeza de que el que te espera vendrá igual que todos los anteriores, evadiéndose después con la misma futilidad. Ya no es la rutina lo que desespera, sino el hecho de que lo invariable traiga consigo esa sensación de inutilidad que últimamente parece adherida a tu persona. No encuentras sentido a lo que haces, el fin de tus decisiones se nubla y tus metas se tornan amargas, imposibles. El tiempo te oprime, la realidad te pesa, y lo peor es que sabes que antes no eras así. Necesitas encontrar el modo de reconducir tu vida, pero lo más seguro es que las pautas que antes seguías resulten nulas en tu nueva situación. Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte, pero también que los fuertes son aquellos que saben adaptarse a las circunstancias. Quieres adaptarte, aunque te falta el cómo.

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