Me llevé el vaso a los labios y le di el primer sorbo. No me gustó el sabor, y sin embargo experimenté una sensación reconfortante cuando el líquido ambarino descendió por mi garganta hasta asentarse en mi estómago. Me envolvió tal calidez que me hizo beber hasta apurar la última gota. Con la música resonando en mis oídos pedí una segunda copa del mismo licor, y disfruté del sabor dulzón y afrutado que aún conservaba en mi boca. Pronto empecé a notar cómo mi cabeza se tornaba pesada y mi visión comenzaba a fallar. Creía que mis movimientos eran ágiles cuando en realidad mi estabilidad se veía gravemente amenazada, y parecía que todo a mi alrededor se movía con lentitud. Pasado aquel primer momento de desconcierto, fue como si mi cuerpo se revigorizase, y tanto mi osadía como mi lengua ganaron agilidad. Notaba cómo el calor etílico se propagaba hasta el último rincón de mi piel, dotando a mis mejillas de un inusual tono encarnado. Me había dado energía para bailar, para hablar, para reír, pues todo resultaba mucho más gracioso entonces, yo inclusive. Y cuando los efectos de la supuesta panacea fueron desapareciendo, la nube se esfumó y dio paso al cansancio y la niebla. Acabé tirando de mí misma y, sin saber muy bien cómo, logré llegar a mi cama. La habitación daba vueltas a mi alrededor, parecía estar mecida por un mar de suave oleaje, y me agarré con fuerza a las sábanas rezando por no caer al agua. Al día siguiente habían desaparecido los mareos, llevándose consigo el coraje y las energías. Y mientras me sujetaba la cabeza con ambas manos para intentar recolocar mi mundo en su sitio, hice el juramento pertinente a toda mañana de resaca de que la de aquella noche había sido la última.
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