Parecía haber dejado de llover, pero no
eran más que apariencias. Por dentro, la tempestad se hacía aún mayor.
Los charcos sobre las baldosas se agitaban bajo mis zapatos,
devolviéndome un reflejo turbio y distorsionado del cielo, de los
edificios y de mi propio rostro. De unos ojos que hace tiempo que no
brillan.
Esa tarde de luz clara me
devolvió un atisbo de un tiempo pasado en el que aún sonreía. El destino
te trajo hasta mi acera. Sin embargo, no fue suficiente para que te
atrevieras a mirarme.
Puede que
esta vez no fuéramos nosotros, sino sólo tú y yo, quienes nos cruzamos
en la calle. Tú fijaste la vista al frente, yo la aparté hacia otro
lado. Nosotros pasamos de largo, el nosotros se largó.
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