lunes, 24 de diciembre de 2012

Qué aburrimiento

La gente nunca deja de sorprenderme.
Lo que uno podría esperar de una persona universitaria o con estudios superiores es que mostrara algo de interés por temas con cierto contenido intelectual, demostrada su capacidad para manejar tal información. Pues, al parecer, es demasiado suponer.
Gente culta, instruida, formada, poseedora de habilidades mentales perfectamente suficientes para manejar textos de índole científica, resultan ser unos completos ignorantes en todo ámbito que se salga de los cuatro manuales que se estudian y del entorno más básico y primario que se pueda imaginar.
Nulo interés por el arte o la política, la investigación, la literatura. Hasta el más mínimo debate filosófico queda fuera de su rango temático.
Lo que verdaderamente me duele ya no es sólo que no se pueda mantener con ellos una conversación con cierto grado de madurez. Lo que se me hace insoportable es pensar que mujeres educadas en el sistema actual, que pueden mirar el mundo con ojo crítico, muestren absoluta indiferencia ante las desigualdades a las que nos enfrentamos. Que tú hables del feminismo con pasión y optimismo, con convencimiento de que es lo que la sociedad necesita para ser más justa, y que choques con un público hastiado y apático, y te des cuenta de que ésas son las mujeres que, el día de mañana, tendrán en su mano la posibilidad de cambiar las cosas. Y te das cuenta, y es lo triste del asunto, de que lo más probable es que no hagan nada. 
Ante tal perspectiva, ante la idea de que la impasibilidad de las personas impida que avancemos, como individuos y como colectivo, no puedo hacer más que dejarme llevar por la frustración y el desapego a esa creencia de que la cultura es algo superfluo. Sólo queda esperar que haya algo o alguien que les abra los ojos.

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