Resuena un crujido, como si de un lamento se tratase. El tejido se resquebraja. Las hebras en tensión pugnan por permanecer unidas, como dedos entrelazados de dos manos que se separan. La lenta agonía, la ruptura descorazonada, la certeza del después.
Ya no quedan más que un par de hilos de los que penden, inertes en el aire, los restos de inocencia.
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