Aguantamos la respiración y tragamos. Tiene un sabor extraño, no es algo a lo que estemos acostumbrados y después nos pasará factura, pero igualmente tomamos la decisión de tragar.
Hacemos como si no pasara nada, intentamos aparentar que todo sigue igual de bien, que las cosas no serán diferentes. Pero en el preciso instante en que el espejo se hizo añicos y dejamos de mirar únicamente a nuestro propio ombligo para ver la realidad que había más allá, tomamos conciencia de la crudeza de las verdades que hasta ahora desconocíamos. Mejor dicho, que procurábamos desconocer.
Para muchos, se desvanecen esos falsos mundos que creamos para sustituir a los que no nos gustaban. Al fin ponemos nombre a ese desconcierto que recientemente sentíamos y que no lográbamos ubicar, y tomamos cartas en el asunto para volver a tomar posesión de esa dignidad que nosotros mismos nos arrebatábamos.
Sin embargo, quedan los que aún se encierran tras los muros de sus fantasías, pues saben que, aunque estén sustentados de mentiras que tarde o temprano se desmoronarán, siempre serán mejores que enfrentarse al vacío que les espera detrás.
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