domingo, 15 de mayo de 2011

Fall

Después de que el crudo invierno hubiera congelado sus ramas, el cálido viento primaveral comenzó a derretir la nieve, anunciando un nuevo despertar. Poco a poco el vigor fue entrando por las raíces, enriqueciendo la savia del tronco y llenando de vida cada rincón del bosque. Las hojas nacían de las pequeñas yemas, cada una con su forma y su color, pero todas brillantes bajo los rayos del sol. Tan sólo un árbol permanecía impasible al despliegue de esplendor, parecía estar muerto, negándose a brotar. Y así fue, ni los meses del estío consiguieron arrancarle una sola brizna de verde.
Y al final llegó el otoño. El aire se volvió insistente, los días se acortaban, y el bosque cambió de color, dejando atrás el verde y tomando los ocres y marrones apagados, mientras un manto espeso iba cubriendo la tierra.
Pero aquel árbol, hasta ahora callado, dejó a todos sin habla cuando de sus ramas surgieron amarillos como el oro, rojos como el fuego, acaparando toda la luz que antes lo había evitado. Creció alto y orgulloso, único. Y como tristes lágrimas, fue dejando caer una a una sus hojas, tratando de algún modo de atrasar el final de la estación, hasta que el tiempo hostil venció sus esperanzas.
Y es que, al igual que nosotros deseamos muchas veces estar junto a quien menos nos conviene, aquel árbol se había enamorado del otoño.

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