domingo, 2 de enero de 2011

2011

Sal a la calle, pasea y deja que el frío se cuele entre tu ropa. Empápate de las risas de los niños, del olor a castañas y a chocolate caliente, de los villancicos que toca el cuarteto de la esquina. No busques rumbo, abandónate a la voluntad de tus pies, nadando entre la gente, como si el tiempo no fuera contigo.
Ten en mente aquello que desees y no lo olvides. No renuncies a tus ilusiones aunque parezcan fuera de tu alcance, porque todo llega con un poco de esfuerzo.
Saborea cada bocado que pruebes, cada palabra del libro que leas, cada acorde de esa canción que tarareas, cada beso dado, cada caricia recibida. Deja que se deshaga despacio y que su gusto perdure un instante.
Ríete. De lo que te da miedo, de quienes intenten hacerte daño, de los reveses de la vida, de los chistes malos, de ti mismo más que de nadie. La risa alarga la vida, y te hace mover músculos desde el sofá de tu casa.
No dudes en cortar una flor por temor a que se marchite, pues tal vez mañana un vendaval se la haya llevado. Cógela, ponla en agua, cuídala con mimo y disfruta de su olor mientras dure.
Vive hoy, vive ahora, busca aquello por lo que merece la pena sonreír. Tal vez te lleve un rato, pero seguro que al final te acaban sobrando motivos. Hasta lo más insignificante que te ocurra merece la pena.
Y deja libre todo el tiempo que puedas para estar con la gente que te importa, aquellos que te quieren con tus defectos y tus manías, que soportan tus charlas interminables sin borrar la sonrisa y te llaman sin necesidad de un motivo, simplemente porque sí.
A vuestra salud.

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