Todavía conservo aquella vieja camiseta. Nada más verla en el escaparate me enamoré de ella y desde entonces no pude quitarle los ojos de encima. Siempre que pasaba por delante de la tienda, le rogaba a mi madre que me la comprara, pero ella pasaba de largo, tirándome del brazo para apartarme y llevarme consigo. Un día reuní el dinero suficiente para pagarla, fui a la tienda a escondidas y por fin la tuve entre mis brazos. No me separé de la bolsa en todo el día, no veía el momento para poder ponérmela. La llevé todas las veces que la lavadora me lo permitió, hasta que un día se me quedó pequeña, y dejé de buscarla en el armario.
Ahora ya no podría ponérmela, y sin embargo, sigue guardada en un cajón. No podría tirarla, y me molestaría mucho que otra persona se la pusiera, pues me costó demasiado conseguirla, y aún más desprenderme de ella. A veces abro el cajón y me cercioro de que sigue ahí, pues sé que, por muchos años que pasen, seguirá formando parte de mi pasado, de mis recuerdos.
Hay personas que no pueden entenderlo, pero aquellos que también han sentido la realidad de ese vínculo que te ata a algo o a alguien, saben tan bien como yo que no es un nudo que se pueda deshacer, sino que se queda unido a ti, con mayor o menor fuerza, impidiéndote hacer como que no ves aquello que, inconscientemente, buscas con la mirada cuando crees que nadie lo nota. No intentes negarlo, son otra clase de cicatrices que también se aprecian, pero no en la piel.
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